¿Cuánto es suficiente para ser felices?


¿Cuánto es suficiente ?

Se acerca el final del año y es tiempo de reflexionar. En pocos días ya podremos decir que estamos más cerca del esperado 2030, un año en el que según las predicciones de Keynes, realizadas en el 1930, los progresos tecnológicos nos permitirían vivir con desahogo, sin apenas necesidad de trabajar, y por tanto nos aportaría la felicidad. Desafortunadamente, parece que esta no es la vía que sigue nuestro modelo de desarrollo económico actual. Un modelo dominante “masculino” orientado a la productividad y la acción acumuladora depredadora.

De hecho ya existen muchas voces críticas y, en este sentido, estamos de acuerdo con las tesis y reflexiones planteadas por Robert Skidelsky, profesor de economía política de la Universidad de Warwick, y Edward Skidelsky, profesor de filosofía en la Universidad de Exeter, en su libro “How Much is Enough?” (¿Cuánto es suficiente?). En su libro, nos plantean la cuestión fundamental de cuánto dinero es necesario para vivir una buena vida y, fundamentalmente, de si el propósito principal de nuestra humanidad debe de ser solamente el negocio permanente de hacer dinero. Aunque reconocen la aportación del actual sistema capitalista, que ha permitido un progreso incomparable en la creación de riqueza, son críticos con la incapacidad del sistema de dar un uso más civilizado la riqueza producida. También, defienden una tesis que compartimos muchos en la actualidad, sobre las evidencias que la crisis nos ha traído sobre los defectos de nuestro actual modelo. En primer lugar los defectos morales que supone la división de nuestra sociedad entre los muy ricos y los muy pobres. En segundo lugar los defectos económicos que han puesto en evidencia la fragilidad de un sistema financiero inestable. Defectos a los que, además, debemos añadir una falsa idea de “crecimiento” sobre el cual se asienta el actual sistema.

Pienso que la mayoría estaríamos de acuerdos en que existe una opinión compartida de que se trata de un concepto que se nos ha demostrado como erróneo, especialmente si consideramos sus resultados: no ha conseguido hacernos felices y, además, nos lleva a un desastre medio ambiental. Con lo cual parece un sinsentido continuar defendiendo este modelo. Un modelo basado en una dinámica de acumulación y de creación de novedad constante que lleva a una espiral imparable de estar queriendo y deseando siempre algo más. Además, siempre vinculado a un binomio ideal de felicidad/crecimiento que se ha demostrado, también, como algo erróneo.

Crecimiento y felicidad

Múltiples trabajos han puesto en evidencia el hecho de que probablemente el crecimiento económico, expresado cuantitativamente por el PIB, no tiene una correlación con el nivel de felicidad de un determinado país. Después de estas evidencias a lo largo de los años, se han desarrollado múltiples investigaciones e índices para intentar medir las correlaciones entre los niveles de riqueza y de felicidad. Uno de los índices que se publica, desde el 2012, es el el denominado “Informe Mundial de la Felicidad”. El estudio lo elaboran un grupo de expertos de la denominada Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN, Sustainable Development Solutions Network). A la hora de hacer sus mediciones, considera variables como el Producto Interior Bruto de cada país, así como la esperanza y la calidad de vida de sus ciudadanos. También, mide aspectos como la libertad que los ciudadanos perciben para tomar decisiones, sus niveles de ingresos y el apoyo por parte de las instituciones públicas. Según datos de 2014[1], España figura en el puesto número 36, a gran distancia de Suiza, el país que lo lidera. En los primeros puestos tampoco faltan los países nórdicos como Islandia, Dinamarca y Noruega. Curiosamente, el estudio registra que los países industrializados son los que más caen en el ranking, mientras que los que suben son los de América Latina.

Desde mi opinión, es destacable el hecho que este estudio nos muestra la necesidad de medir el desarrollo humano más allá de los indicadores puramente económicos. Evidenciando que existe un fracaso en nuestro modelo actual, y que se ha basado en la idea de relacionar únicamente felicidad con riqueza. En este sentido debemos recordar los trabajos relacionados con el desarrollo y la ética realizador por el economista indio y premio Nobel Amartya Sen, con la colaboración de la filósofa norte americana Martha Nussbaum. Gracias a sus trabajos se ha modificado el concepto de calidad de vida hacia el de bienestar, incorporando factores más allá de los puramente económicos. De hecho, Amartya Sen fue uno de los inspiradores del llamado “Indice de Desarrollo Humano” (IDH), el cual incorpora -además del ingreso de la población de un país- un conjunto de factores tales como la educación, la salud, la seguridad, la descentralización y la discriminación por género.

Por un progreso más femenino

Estamos de acuerdo con Amartya Sen, quién sostiene que el objetivo del desarrollo no es sólo mejorar en cuestiones materiales, sino además hacerlo en los ámbitos de la esperanza de vida y la cultura. Incluso llega a apuntar aspectos – a nuestro parecer- muy propios de la cultura y modo de actuar femenino como la empatía y la consideración de los otros. Planteando la posibilidad de que el bienestar sea evaluado en función del estado de ser de una persona (su propia felicidad) o bien desde el punto de vista de la contribución que esta persona puede hacer al resto de la sociedad. Por ello, el bienestar de un sujeto también podría comprender la “preocupación por otros”, pues hacer el bien puede permitir que una persona se sienta contenta o realizada.

Por tanto, coincidiendo con los planteamientos de Sen quizás es tiempo de recuperar conceptos, como los del bien común y el bienestar de los otros, a nuestro parecer mucho más femeninos y solidarios. Algo muy propio de una forma de hacer más femenina que, desafortunadamente, nuestro modelo masculino dominante de sociedad nos ha hecho olvidar. Opino que recuperar estos atributos generales del modelo femenino nos puede aportar una forma nueva y mejor de hacer las cosas. Una sensibilidad donde el espíritu de colaboración sustituya a la orgullosa posesión materialista y la agresividad competitiva masculina que se nos ha demostrado insuficiente para aportar la felicidad.

[1] http://worldhappiness.report/

 

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